Autor: lallaveemocional

Y dice la Pelaya

«Si es que el problema no es que te importe lo que diga la gente. El problema es que lo que diga la gente te importe más que lo que dices tú.

Nos han dicho y repetido que somos seres sociales por naturaleza y algo habrá de verdad cuando queremos y buscamos estar con otras personas. Es normal que nos importe lo que piense la gente si entendemos por gente a todas aquellas personas que nos importan. Puede ser una forma  rápida y sencilla de testar nuestro comportamiento. Eso, puede estar bien si lo lo hacemos para informarnos y no para fustigarnos.

No me creo que a alguien no le importe lo que digan los demás. No, no me lo creo.

Otra cosas es que aunque te importe acabes haciendo lo que sientes, piensas o te sale de las mismísimas narices que, como todo el mundo sabe, para eso están.

Las opiniones de los demás nos han de importar (por la cuenta que nos trae) pero, en mi humilde opinión, han de ser las nuestras las que motiven nuestras acciones.

A la gente le importa lo que piense la gente porque es la propia gente quiere sentirse incluida dentro de determinados grupos de gente. Ni más ni menos.

Y, conviviendo con esa realidad cada ser individual necesita y merece obrar como cree que es lo más adecuado o, como le da la gana. Todos merecemos equivocarnos y levantarnos una vez más de las que hemos caído .  La gente que critique eso, será la que no se permite a sí misma equivocarse ni acertar. Son víctimas de su miedo y del «que dirán» y quieren convertirse en verdugos de aquellos que tienen el valor de hacer lo que ellas desearían hacer; soltar cadenas.

Hay personas a las que  frase de «Es que la gente…» le sirve de cuartada y excusa para hacer o no hacer, decir o decir interesadamente. Un forma como cualquier otra de tapar el bulto, echar balones fuera o cargar la mochila de las propias responsabilidades a espaldas ajenas.

A mí me importan lo que dice la gente, y mucho. Me importa porque me informa. Me importa porque me hace más empática. Me importa por la cuenta que me trae. Pero lo que dice la gente no determina ni mi esencia ni mi camino.

A veces me puede afectar pero nunca o casi nunca me dejo manipular. Que la gente tiene su vida y sus hipotecas y yo tengo mi vida y pago mis hipotecas.

Así que reconoce que te importa lo que pienso sobre ti.  Haces bien porque pienso que eres muy liste por escuchar a la Pelaya. Así sabrás lo que es mejor no hacer .

A mí, la Pelaya, me importa lo que piensas porque tú eres mi razón de ser»

Y dice La Pelaya

Y dice La Pelaya:

» A ver, que yo me entere. O mejor, dicho, entérate tú. Bueno, no sé. Enterémonos los dos. Que cuando me muera quiero que hablen de mi con propiedad. Que si era buena lo digan con argumentos y si no lo era también. Parece que todos los que se mueren son buenos; debe de ser que los que nos quedamos aquí abajo somos los tarados.  A lo mejor sí y a lo mejor no.  Pero bueno, tampoco pasa nada por despedirnos con alguna mentirijilla.

Más me preocupan las relaciones de los que nos quedamos.

Y no, las personas no somos buenas o malas porque hablemos más o menos o lo hagamos más tranquilas o efusivas. Se suele decir, con poco conocimiento a mi entender,  que fulanito es bueno porque no tiene conflictos con nadie. MENTIRA. Saquen el polígrafo del Deluxe y veamos si eso es verdad. Que no hombre que no; que es imposible o casi imposible (véase los iluminados) no tener conflictos con nadie. Otra cosa es otra cosa. Que todos, por el mero hecho de estar aquí abajo tenemos nuestros conflictos con nosotros mismos y con los demás. Otra cosa es que no los exterioricemos o que los exterioricemos de una determinada manera. Pero eso es otro cantar.  Si el que calla es bueno, que sepan que si la casco no deben decir que yo era buena persona porque yo soy más de explotar que de implotar.

Que servidora es partidaria de morderse la lengua más veces de lo que lo hace pero que no le den los silencios como forma de vida. Que un grito puede quedarse en una tormenta frente a las guerras generadas por los silencios.

Que hay que aprender a callar, claro que sí.

Que hay que saber gestionar los silencios, por supuesto.

Que el que calla no tiene porqué saber gestionar mejor las emociones, sólo calla.

Que el que grita, aunque deba mejorar y dosificar esos gritos por lo menos se manifiesta.

Denme ustedes gritos, muchos gritos si he de elegir. Mucho de lo que pasa en este mundo,muchas dolencias emocionales, muchas injusticias sociales y mucho sufrimiento se ha fraguado y mantenido al calor del silencio de quienes por miedo, interés, incapacidad o egoísmo no han sabido o querido gritar a tiempo.

El silencio incapaz expone a los más vulnerables y a los gritones al peor de los desenlaces; la indiferencia.

Que una a veces se cansa de esto de señalar a los gritones y poner galardones a los que callan. Que ni una cosa ni la otra; que ni víctimas ni verdugos, ni buenos ni malos. Todos somos seres humanos que tenemos necesidades».

Pues, La Pelaya se ha quedado a gusto. Nada que añadir.

En verano, se calientan

Muy buenas, ¿cómo va el verano?.  Lo sé, es un verano atípico.

Cada persona vive el verano de forma diferente. Hay quien se pasa el año esperando a que lleguen los días estivales. ¿Los idealizamos? No lo sé.

Temperaturas suaves o altas, días aparentemente más largos, desconexión, luz que mima el cuerpo y alimenta el alma, compañías deseadas, más deseo de ser feliz, más ansias por disfrutar de la vida, menos prisas y problemas, más alegrías…Estos son algunos de los alicientes mentales que encontramos a favor de una etapa del año aparentemente favorecida por los dioses terrenales.

Suena bonito. Y, quizás lo sea.

Y luego miras las noticias, escuchas las buenas nuevas del entorno o llega septiembre y te sorprende con una realidad más realidad que nunca. Aparece lo que nunca se fue y el verano que  empieza su letargo estuvo cargado de incidentes, malas conexiones, menos descanso y deseos frustrados de aparentar ser más feliz que una perdiz debajo de un chiringuito tomando una piña colada.  ¿Qué ha pasado?.

Nada, sólo ha pasado la vida. Que no cunda el pánico que esto es la vida. Enero no ha de ser menos estimulante que agosto. El calor vital viene de dentro no de fuera. En mitad de una gran nevada uno puede sentir el calor de la felicidad. Un 15 de agosto puede ser triste y desmotivamente incluso después de una gran comilona con la que crees que es la mejor compañía. ¿Qué ha pasado?

Nada, que no cunda el pánico. Sólo ha pasado la vida; te avisa de que los ornamentos vitales son bonitos e incluso necesarios pero que si el motor está gripado da igual lo que hagas que al final de la fiesta te esperará la misma resaca.

¿ A dónde quiero llegar? No lo sé. Bueno, no del todo. Lo que sí tengo claro que es al verano hay que abrazarle no sólo por el disfrute sensorial sino también por el aprendizaje vital que nos suele regalar.

Te deseo el mejor de los agostos; si es necesario, lloremos al sol y bailemos con las tormentas. 

Por cierto, este mes de agosto vendrá una íntima amiga mía a hablar (tanto en el blog como en el podcast) sobre inteligencia emocional. Se llama La Pelaya y ya te adelanto que no es formalmente muy correcta. No busca complacer ni deleitar; sólo quiere dar caña y remover la cabeza del personal hasta que acaben tal mal como ella. Supongo que se siente sola.

Si te motiva la idea  sólo has de esperar unos días.

Hasta entonces, Carpe Diem y recuerda que #lallaveerestú#.

 

Me pone de los nervios leer tus comentarios

He de reconocer que soy de sangre caliente. Los años y el aprendizaje emocional me han ayudado a bajar la temperatura pero sé que tengo un límite. Mi naturaleza no me lo permite. Por más que me regule internamente siempre tenderé a temperaturas admisibles pero pujantes al alza. Cada vez maniobro con más destreza y  me siento mejor en mi pellejo. Todo un reto. Acepto quemarme de vez en cuando.

Y, en busca de más y más, reto a mi capacidad de empática.

¿Cómo?. Muchas son las fuentes de aprendizaje a las que recurro pero en estos momentos de semiconfinamiento las redes sociales son mis grandes maestras. Facebook o Linkedin son mis inspiradores e instigadoras.

No hay mejores momentos que aquellos que tocan el bolsillo, la salud y las tendencias políticas del personal para aprender a empatizar.

Leo y releo comentarios que me sacan de mis casillas. Comienza el entrenamiento.

Argumentos que, desde mi prisma, son poco menos que una ofensa al ser humano  me revuelven en mi asiento. Qué ganas de responder! Qué ganas de despotricar! Qué ganas de… Me dejo llevar y me siento cual olla express  a punto de estallar. Me dejo estar uno segundos; los suficientes para dejarme ser y analizar mis emociones. Tampoco me distraigo mucho no vaya a ser que se me vaya el tema de las manos.

Y, comienzo a empatizar.

¿Qué puede sentir esta persona para hacer tal comentario?, Si siente así, es comprensible que piense lo que piensa y por tanto que actúe como actúa. No estoy para nada de acuerdo pero soy capaz de empatizar. Empatizar no es simpatizar. Empatizar es conectar. Me siento mejor. Ya no tengo ganas de despotricar. Unas veces comento y, otras,lo dejo estar.  En cualquier caso he conseguido y, lo mío me ha costado, separar las redes de la vida real.  Conozco a gente que me inspira ternura en la calle y saturación en la red. Conozco a gente que en la red me divierte y creo que en la vida real me aburriría. Profesionales discretos en la red con mucho potencial en el cara a cara y al revés.  También están lo que parecen lo que son.

A veces me pregunto, ¿Por qué me hacen una recomendación?, ¿Por interés, porque les ha gustado o por ambas cosas?. También me pregunto, ¿Por qué tiene tantos likes o recomendaciones esa persona?. A veces lo sé pero muchas veces me pierdo.

Gracias a mi sangre caliente, a mi vocación por las personas y a mi trabajo he descubierto que todo esto no es más que un juego, un postureo. La red nos puede definir externamente pero la realidad, la única realidad es que todos reímos y lloramos por el mismo lado. Unas tendencias u otras, perfiles con más o menos seguidores, ideas más o menos seguidas; detrás de todo este escenario sólo hay personas que, en su mayor parte, buscan aliviar o conseguir emociones.  Todos tenemos heridas que sangran y todos tenemos alegrías que salvan.

Las personas sentimos, pensamos y actuamos en base a nuestras percepciones de la realidad. Nuestra realidad se construye o destruye en base a la autoestima, la educación y las experiencias. El sentido analítico y crítico no está muy de moda; el sentido autocrítico ya no es tendencia. ¿Qué queda?. ¿Borregos? Si se elige conscientemente, será un elección tan buena como cualquier otra.

¿Te cuento un secreto? Las redes son un medio y no un fin. Cuidemos de que el medio sea lo más sano posible para que el fin no se vea perjudicado.

Gracias por estar ahí; #lallaveerestú#.

 

 

 

 

 

Hace años que supe del concepto de empatía.

Días churro…

A los días churro me los como con patatas. No sé si soy más de churros o de patatas pero estos días me he puesto morada.

Me las prometía muy felices. Todo parecía más o menos controlado. Inocente de mi.

Niko ya fue avisando cuando quería que le llamásemos «El Rey». Lo que no sabía es que, sin llamar a la puerta, en mi casa se iba a instaurar una mini dictadura; menudos días ha tenido el monarca!!! Me ha pillado con las energías justas y he estado a punto de rebelarme pero de poco sirve. El rey sabe cómo hacerlo y compatibiliza a la perfección exigencias y abrazos. Imagina la escena; el rey de 3 años abraza a su madre con aire de protección. Como si de un novio se tratase rodea mi cuello con sus brazos y coloca mi cabeza sobre su pecho. Indescriptible.

Y el dictador me engatusa. Y luego me exige. Y vuelta a empezar. Agotada.

Y, en mitad de la minidictadura otra batalla más. Quiero y no puedo llegar a todo. La casa, proyectos profesionales, los niños, el confinamiento….Se llama FRUSTRACIÓN.

¿Quién no la conoce?. Todos, en mayor o menor medida hemos sentido esta emoción. Otra cosa es haberla identificado.

Sentimos frustración cuando percibimos que no somos capaces de llegar a dónde nos gustaría. Es posible que no lleguemos porque no disponemos de los recursos que necesitamos (tiempo, dinero, ayuda, formación, motivación, etc.) o quizás sea una percepción errónea.

El caso es que la frustración conlleva sentimientos de tristeza por la sensación de pérdida de capacidad de control. A veces, esa tristeza la disfrazamos con sentimientos de ira y tendemos a enfadarnos con nosotros mismos, a culpar al entorno, etc. Y, aunque el enfado está ahí, en el fondo también hay tristeza por «No ser capaz».

¿Qué hacer con la frustración?

Lo primero, ser agradecido. Dale las gracias porque de algo te quiere avisar.

Después, averigua qué te quiere decir. Existen varias respuestas. Destaco las siguientes:

  • La falta de algún recurso necesario para conseguir tu objetivo. Entre los recursos necesarios pueden ser materiales, puede ser tiempo, puede ser motivación, etc.
  • Un planteamiento poco realista del objetivo. Te has equivocado al definir tu objetivo. Es posible que no puedas conseguir lo que quieres sencillamente porque en este momento no puedes hacerlo; en tiempo y forma la realidad no va a favor de obra. También es posible que el escenario haya cambiado repentinamente y tu atención debe centrarse en nuevas prioridades.
  • Percepción distorsionada de la realidad.  ¿Y si lo estás haciendo y no eres consciente de ello?, ¿Y si quieres controlar lo incontrolable?

Un poco de todo esto es lo que me ha sucedido a mí en estos últimos días.

La buena noticia es que, una vez que te permites estar frustrado, te desahogas y tomas conciencia de todo lo que te ha generado frustración en poco tiempo vuelves a estar en forma. Y, además, con el añadido de que has gestionado tu emoción, has aprendido y te has conocido más a ti mismo. La realidad no ha cambiado, pero tú sí. Esto se llama inteligencia emocional.

Si es que, sólo podemos darle las gracias a las emociones. Nuestras chivatas favoritas.

Y yo sigo con mi dictadura; sé que pasará por eso he de aprovechar el calor de esos abracitos.

Recuerda #lallaveerestú#.

 

 

Me engañas, cerebro

Ya  empieza a no colar. Son muchos años los que vengo entrenando como para que nada ni nadie me adelante por la derecha. Aún así, he estado a muy poquito de dejarme llevar.

Me quieres engañar, quieres que piense mal. No lo estás pasando bien y te quieres desahogar.

Ya lo estudié. En alguna formación ya me contaron que funcionabas así. No me lo tomo como nada personal; sé que en mayor o menor medida todos andamos igual. Estás ahí para eso; para cuidarme y protegerme. Como si fueses un padre temeroso y cascarrabias tratas de evitarme y evitarte sufrimientos.

¿De qué me has de proteger? De la vida, pensarás.  Sí, la vida conlleva muchos peligros pero precisamente no son los que tú crees. Peligroso es no vivir. Peligroso es tener más miedo que ilusión. Peligroso es todo aquello que nos impide adaptarnos, aprender y mejorar. Y, reconócelo; te has quedado un poco anticuado. Me ayudas a subsistir (y, te lo agradezco) pero tienes demasiado miedo a dejarme volar sola.

Te han enseñado a ahorrar, sólo así estás tranquilo. Y tratas de inculcarme los mismos valores que a ti te han servido. Gracias. Los tengo en cuenta.

Ahora, que ya te conozco bien, te pido que tú también me tengas en cuenta a mi. Quiero que seas mi aliado. Llevo tiempo preparándote para ello; ya has hecho muchas cosas de forma diferente a la que te hubiera gustado. Has visto que no pasa nada. Has comprobado que todo va bien. Te estás redescubriendo. Tú también estás en tu propio proceso de crecimiento. Tu parte más joven te está enseñando; tu parte más antigua te está protegiendo. No hay nada que temer.

Esto del confinamiento nos ha puesto a prueba. Nos ha acelerado. Hay días en los que necesitas dar rienda suelta a mis emociones y ponerme en lo peor.  Es tanta la incertidumbre, tan intenso el miedo y tan insistente la tristeza que es fácil caer.

Pero, cerebro. Ya sabemos que así nada va ni irá bien. No te dejes llevar por los viejos hábitos, no me quieras engañar.

Ha llegado el momento, la gran oportunidad de demostrar que cada vez soy mejor. Prometo tratarte bien; darte una mejor alimentación, oxigenarte, evitarte información innecesaria. Y tú, pónmelo más fácil, sólo un poco más.

Por la noche, cuando organices acontecimientos y pensamientos recuerda que sólo nos sirve lo que suma, lo útil. Tenemos que hacer limpieza en la azotea; está sobrecargada.

Somos amigos, debemos llevarnos bien pero, no olvides que soy yo la que mando. Yo elijo.

Ayúdame a ser más libre.

 

Damocles tenía una espada

Si nos portamos bien, los días de confinamiento irán perdiendo protagonismo en favor de un nuevo escenario: el desconfinamiento.  Parece fácil volver a salir pero no lo es. Por lo menos, para mí no ha sido una experiencia ni fácil ni maravillosa.

Después de casi 50 días de confinamiento, me dispuse a salir con mis tres regalos. Me las prometía felices y, a ratos, así fue. Pero sólo a ratitos muy cortos porque su necesidad de correr y jugar y mis «nervios» por respetar las normas y evitar contactos con todo aquello que no fuera el aire acabó por generarnos más estrés que relajación. ¿Cómo percibiría mi hijo mayor la situación para proponer la vuelta a casa ante de tiempo?.  Y es que, por echar balones fuera, un gusano (entre otros) tuvo la culpa. ¿Cómo decirle a Niko que no se acerque a ver el gusano que tanto le llamó la atención?, ¿Cómo evitar que se apoye en un banco para acercarse más?. Se puede, lo sé. Pero sólo si los llevo atados a la silla de Malen. Parece ser que el día anterior la salida había sido más relajada.

Soy yo, no son ellos. He de aprender a gestionar lo mejor posible esta situación. El desconfinamiento no es fácil.  A unos más que a otros pero a  todos sin excepción se nos plantea del reto de ejercitar la responsabilidad y la gestión emocional . Habrá que entrenar.

Y, esta experiencia hizo que me acordara de la la famosa espada de Damocles.

La espada de Damocles es una frase popular que debemos a un historiador griego y que hasta hoy se utiliza para referirse a un peligro inminente, aludiendo a una espada que pende sobre nuestra cabeza y que en cualquier momento caerá sobre nosotros.

La historia cuenta que Damocles era un miembro de la corte del rey Dionisio «El Viejo», un sanguinario tirano de Siracusa del siglo IV a.C. Como cortesano, Damocles era un constante adulador que se pasaba sus días envidiando los lujos y comodidades del rey.

La repetidas adulaciones envidiosas llegaron a los oídos del soberano y planeó una estrategia como escarmiento para Damocles. Le ofreció intercambiar los roles por una noche para que pudiera experimentar personalmente los placeres que tanto envidiaba. Se organizó un gran banquete para Damocles, que ocupó el lugar del rey y gozó de todos los lujos y privilegios de su título temporal.

Todo estaba bien hasta que Damocles miró hacia arriba y advirtió una afilada espada que pendía sobre su cabeza, atada por un único pelo de crin de caballo. De repente, se le quitó no sólo el apetito, sino que los nervios lo obligaron a rechazar el sueño de ser rey con sólo ver la espada amenazante. Le pidió al rey abandonar su puesto, alegando que ya no quería seguir siendo tan afortunado.

Por esta historia se menciona la espada de Damocles cuando se quiere referir a una amenaza constante que puede llevar inesperada y repentinamente a un trágico desenlace; una excelente metáfora de los inminentes peligros y el precio que se paga por un gran poder.

(Texto recogido de la página www.sobregrecia.com)

Todo tenemos nuestras espadas de Damocles: más o menos reales,  tenemos en mente circunstancias que pueden acontecer en cualquier momento en nuestra vida. Espadas que tal y como las tenemos idealizadas son portadoras de los peores escenarios.

Hay Espadas tan reales como la vida misma. Nacen de la propia existencia y de los roles y posiciones sociales. Quien tiene poder, también tiene responsabilidad y quien tiene responsabilidad también convive con riesgos y amenazas proporcionales. Es lo que es. Y, cuando hablo de poder no me refiero exclusivamente a las altas esferas. Todos tenemos poder sobre algo o sobre alguien. Hay personas que ejercen tal nivel de influencia sobre nosotros que se acaba convirtiendo en poder. ¿Somos conscientes de ello?.

Hay Espadas imaginarias;  en la mente parecen de carne y hueso pero en la realidad sólo nos películas mentales.  La ansiedad tiene mucho que ver con este tipo de espadas. ¿Cuántas espadas imaginarias has  colgado encima de tu cabeza?. El miedo, la incertidumbre o la inseguridad son portadoras no de una o de dos espadas sino de una espadería entera.

Hay Espadas distorsionadas: son reales pero están tan manipuladas que poco tienen que ver con su origen. Consciente o inconscientemente hemos creado otra realidad que sostiene espadas inútiles, improcedentes e innecesarias.

Las Espadas de Damocles no son ni buenas ni malas; el reto está en saber convivir con ellas. Nos ayudan a tomar decisiones y mantener la consciencia.

En estos tiempo de tanta espada en alto deberíamos hacer recuento y revisar porque a veces » ni son todas las que están ni están todas las que son» ¿Te sobra alguna? ,  ¿Te falta alguna?.

 

Cuando vuelva

Cuando volvamos, en el momento que en retomemos contacto con la realidad que dejamos, nos daremos cuenta de que ya no es lo mismo. Pequeños-grandes cambios nos deparan; una nueva realidad impregnada del Coronavirus y sus secuelas, del desarrollo natural de la propia vida y, en unos casos más que otros, de decisiones vitales.

Cuando volvamos:

  • Es posible que ya no necesitemos abrigos; quizás el sol quiera consolarnos un poco más de lo habitual.
  • Malen, ¿Reconocerá a su familia?. Hasta hace menos de dos meses pasaba las horas entre los brazos de sus abuelos, identificaba sus voces y solicitaba su cariño. Quizás tengan que empezar de cero o quizás sean más fuertes el olor, el sonido y el amor que la distancia. Dos meses en la vida de un bebé de nueves meses son mucho tiempo; ya tiene pelo, ya se mueve por sí sola, interactúa con las agilidad y sonríe con más picardía.
  • Habrá personas que ya no estén. Iremos a verte pero ya no estarás. Estabas muy cansado. Descansa en paz Paco.
  • Otros vendrán; alegrías por compartir. Ajenos a cuanto acontece aliviarán dolores y fortalecerán esperanzas.
  • Unos habrán perdido el trabajo, otros lo encontrarán, habrá quien tenga que reinventarse profesionalmente. Nadie sabe cuál será exactamente el nuevo escenario laboral pero todos hemos de ser conscientes de que se producirán cambios de intensidad y profundidad variada. Todos nos veremos afectados y todos, colectiva e individualmente, buscaremos formas de adaptarnos, sobrevivir y superarnos. Lo haremos porque ya lo hemos hecho en otras ocasiones.
  • Habrá quien tenga que volver a convivir profesionalmente con personas con las que no tiene mucha afinidad. Es una buena oportunidad para volver a empezar y buscar intereses comunes que acerquen posiciones. El día a día puede ser muy cruel si se desarrolla en continuo estado de conflicto. Ya sabemos lo que es vivir en un estado de alarma ¿Para qué subir de nivel?.
  • La precariedad en la que viven muchas personas se acentuará; desde las instituciones e incluso desde la bondad humana  se debería aliviar ese dolor. En estos tiempos nadie debería pasar hambre,ni frío, ni soledad ni muchas más cosas que tú ya sabrás.
  • Muchas serán las personas que, en mitad de esta locura, se hayan encontrado a sí mismas. Reconciliarse con uno mismo es el primer paso para ser más feliz y aportar valor.
  • La sociedad deberíamos ser conscientes de las grandezas del ser humano. Porque, más allá de muchas miserias y  miserables, muchas, muchísimas, la mayoría, son las personas las que a través de su profesión o de su ámbito más particular lo han dado todo para que el resto, podamos sobrevivir y vivir más dignamente.
  • Los dineros deberán ser valorados como lo que son; medios y no fines.

Hay tanto por lo que hemos de agradecer y tantos retos que afrontar…

Esto es la vida; a quien se le había olvidado, esto es la vida. Bienvenidas y despedidas.  Abrazar a la incertidumbre, aceptar pero sin resignar. ¿Queremos ser más felices?, ¿De verdad queremos mejorar? Demostrémoslo.

Por cierto, el otro día «pillé» a Niko así…¿Cómo lo interpretáis? (Saturación, reflexión, meditación…)

#lallaveerestú#

Si lo echas de menos es que no has aprendido nada

Vivo en una burbuja; mis días se van entre palabras, pañales y micromundos. A cada uno este lío nos pilla en una etapa vital diferente.

A sus 7 años a Jon le motiva la idea de no tener que ir al colegio al tiempo que añora cada día más a sus abuelos y primos.  Echa de menos la libertad del pueblo, correr con el balón y comer fuera. Le he prometido que cuando todo esto pase iremos a un restaurante. Aún así, es responsable y tiene el «Quédate en casa» más que presente.

Niko le lleva como puede. El Coronavirus le ha pillado en mitad de una crisis personal propia de la edad. La llegada de su hermana se ha sumado a ese vaivén de emociones . Tres años le son suficientes para entender que hay que esperar para poder salir de casa y, entre pataleta y pataleta, insiste en que si estamos tristes nos cuidaremos.

Malen aprende sin descanso de sus hermanos. Aparentemente ajena a todo lo que sucede su máxima es conseguir arrastrarse lo máximo posible para cogerle los dibujos al mediano y el mando de la Play al mayor. Cuando salimos al balcón sonríe y cierra los ojos dejándose querer por el sol, por las nubes y por el aire. Entre sus avances y la más que previsible salida de algún diente está más que ocupada.

Seguir rutinas  nos ayudan a mantener un caos ordenado. Las risas y los llantos se suceden a la velocidad del rayo; el día es intenso. La cunas y las camas nos reciben agotados.

Y, de la manera que podemos y sabemos, acostumbramos a recordarles lo importante que es estar agradecido a quienes se esfuerzan por nuestro bienestar.

Si cuando volvamos a la «rutina» (aunque sólo sea un poquito) te sorprendes a ti mismo diciendo, pensando o deseando volver a tiempos del Coronavirus es que no has aprendido nada.  Una cosa es saber adaptarnos y sacar lo mejor de cada situación y otra entender que esta situación es un mero sin-pas global para volver a la «normalidad».

Porque, a lo mejor, lo que considerábamos normal (nuestra vida antes del Coronvirus) en muchos sentidos  es tan anormal como los está siendo la situación generada por la pandemia.

No soy partidaria de estar pendiente a todas horas de las noticias, ni mucho menos, pero sí lo soy de verlas todos los días. ¿Para qué? Para ejercitar la empatía, para saber qué está pasando más allá del calor más o menos agobiante de nuestro hogar, para recordar que ahí fuera ( a donde no de dejan salir) hay personas que lo están dando todo porque tú y yo volvamos cuanto antes a  hacer vida social.  Todos sus esfuerzos no tienen otro sentido que el de salvar vidas, cuidar y proteger a los más débiles, «limpiar» de  Coronavirus las calles para que pronto levantes las persianas de tu negocio y sonrías a los ojos.

Y es que es humano que perdamos consciencia de lo que verdaderamente está pasando. Es humano querer evadirse y agarrarse a la certidumbre que nos da todo aquello que creemos que controlamos. Mentira, no controlamos nada de lo que pasa a nuestro alrededor, sólo podemos controlar cómo reaccionamos ante ello. Pero eso cuesta, y mucho. Es más fácil izar la bandera de la queja; no hay forma de que nadie acierte ni con lo que diga ni con lo que haga.  No hay un mínimo de consenso en cuestiones tan básicas como la unión en momentos de crisis.

Lo que ya no es digno de un humano con más de dos neuronas y ganas de avanzar es que sigamos haciendo las cosas igual. ¿Algo habremos aprendido, no?. Aunque no sea más que a no derrochar el papel higiénico.

Si hubiese un dron por ahí pululando o los extraterrestres nos estuviesen vigilando seguro que estarían flipando.  A millones de kilómetros de la Tierra sólo se vería una gran bandera; la QUEJA. ¿Y estos son los seres avanzados? Parece una broma del Mundotoday.

Si, cuando volvamos a nuestro trabajo, a nuestras relaciones sociales, etc.  nos  acordamos frecuentemente de los días de pandemia es que hay alguna lección que no hemos aprendido.

Por el momento yo me estoy aprendiendo esta:

  1. Todo es posible, todo puede ser y suceder; ¡adáptate coño!
  2. Carpe Diem. Disfruta el momento. Es lo único que tienes.
  3. Bandera de la queja a media asta. No  la quito del todo porque igual me da un «patatús». Mantenemos alguna  queja pequeña para sobrellevar el «mono».
  4. Autosuministro de emociones beneficiosas. Si espero que lo hagas algunas personas en las redes sociales lo llevo claro…
  5. Cuando «me suelten» me esforzaré por hacer mejor las cosas.
  6. «Cuando «me suelten» seguiré sintiéndome libre para dar mi opinión. Con respeto y con firmeza. Suspiro, porque eso a veces cuesta.

Mil gracias a todas aquellas personas que cada vez que abren la boca lo hacen para aportar no sólo ánimos y energía positiva sino también datos e información relevante que busca ayudar y no manipular.  Mil gracias a todas las personas que física o virtualmente suman con sus esfuerzos, conocimientos y actitudes.

A pesar de todo, hoy más que nunca sigo creyendo en las personas. Creo en mi y creo en ti. Creo que muchas personas que hacen daño lo hacen porque se sienten heridas y, algún día, volverán a sentir la paz y  el alivio que supone vivir sin el peso de rabia.

Hablamos mucho del aprobado general de los niños en el colegio. Y los adultos ¿Hemos aprobado?, Y tú, si tuvieses que puntuar a alguien como tú, ¿qué nota te darías?.

 

 

¿BUENISIMXS?

Creemos ser buenas personas. Queremos ser buenas personas. ¿Lo somos?. Yo, no lo sé.

Lo somos con quien no nos molesta, no nos incomoda o no nos contradice. Lo somos con quienes nos dan pena, con quienes pensamos que son más infelices que nosotros, quienes tienen menos …

Eso es ser buena persona?

Seleccionamos con quien ser buenos o lo hacemos con un filtro subjetivo; nuestro propio interés. Somos buenos cuando queremos apaciguar nuestra conciencia, cuando queremos tener algo de lo que enorgullecernos públicamente o cuando nos conviene para algo.

¿Eso es ser buena persona? Quizás más bien es una persona que a veces es buena en su comportamiento.

Porque, una cosa es lo que hacemos y otra cosa es lo que pensamos.

Ahí se abre otro meloncito. ¿Son buenas personas las que hacen algo de cara a la galería pero están pensado lo contrario?. No lo sé.

Hombre, si nos ponemos muy puristas aquí no se libra «Ni el Papa» pero creo que puede ser interesante reflexionar sobre el tema. El lenguaje crea realidades y, por lo menos, es interesante conocer cúal es condición o condiciones que ha de cumplir para ser buena persona.

Y dice la RAE:

Bueno/a: Dicho de una personaSimplebonachona o chocanteU. m. c. s. El bueno de Fulano. 

Bonachón: adj. coloq. De genio dócilcrédulo y amable.

Pues, según la RAE yo, no soy buena persona. Así, sin paños calientes. Genio tengo, pero  la docilidad (entre otros atributos mencionados) nunca ha sido mi fuerte.

Otro cuestión:

¿Un persona es buena si se porta bien conmigo y no tan bien con los demás? Lo sé, es complicado.

Creo que no hay personas buenas ni malas (salvo contadas excepciones). Hasta los dictadores más sanguinarios tenían seguidores y gente que les quería.

Creo una buena manera de medir si somos o no tan buenos (según mi criterio, que no el de la RAE)  es:

  • Considerar cuáles son nuestras verdaderas intenciones cada vez que hacemos o decimos algo.
  • Respetar la libertad propia y la ajena y obrar en consecuencia.
  • Querernos y cuidarnos a nosotros mismos; es muy complicado ser bueno con los demás sin tener un mínimo de consideración con uno mismo. No se puede dar lo que no se tiene. Tarde o temprano desfalleceremos.

Cuando realizo formaciones en inteligencia emocional también acostumbro a reflexionar sobre la relación que existe entre ser buena persona y la gestión emocional. No necesariamente son buenas personas aquellas que callan para no generar conflictos. Ni tampoco han de serlo por definición aquellas que «no se meten en líos».  La personas más viscerales tampoco son o no son buenas personas por definición. Las buenas personas saben gestionar sus emociones para que éstas se conviertan en aliadas a la hora de hacer el bien.

Lo que sí se acerca a la bondad es la capacidad de dar sin esperar nada a cambio. Dar sin reproche, sin demasiados gritos, sin amenazas pero por qué no con la inquietud  y acción de mejora. Las buenas personas también se enfadan, exigen y demandan evolución tanto en sí mismas como en los demás.

No ser buena persona tampoco significa ser mala persona como no ser guapo no significa ser feo. Vamos, que ser «bueno/a», desde mi punto es una graduación superior a lo «normal».

¿Cómo lo veis?

¿Os consideráis buenas personas?